Como el Laocoonte esperando a que devoren a sus hijos, la
serpiente de cuerpo escamado se quedó con mi aire, taponó mi ombligo, tirando
una y otra vez del pequeño cordón que todavía me unía a otro vientre. Útero
materno. Grité. Mamá...
Pero sólo estaba yo.
Nuestros ombligos siempre habían vivido juntos, desde que éramos algas. Mujer mar y yo. Yo respirando a través de su concha, alimentándome con palabras que guardaba sólo para mí.
Las rocas desaparecieron, y nuestro pequeño paraíso se
cubrió de las agallas de aquel ser sin pelo, que se iba quedando con todo el
coral de entre las nalgas de mi madre. Pero era a mí a quien quería, aunque me
negaba a saber.
Intenté hablar y respirar sin agua. Hasta que pensé que
callando todo lo malo, desaparecería. Me equivoqué.
Nací de mar, ¿recuerdas? Y ahora mi vida es... como un
pequeño desierto. Con el ombligo abierto. Sin ti.
¿Dónde estás?
Al otro lado, el abismo. Yo quieta, sin saber a dónde
ir. A dónde poder ir...
El hombre serpiente era ya un dios. Entonces pedí amor,
silencio. Y encontré al hombre que creaba con sus manos, sin miedo a serpiente.
Ignorando el daño que podía hacernos.
Me dio una tregua. Una canción. Dibujó para mí un mundo por
el que poder escapar. Un mundo sin miedo, al que añadir colores. Y debería
haber sido suficiente. Pero era tarde...
Ya no me quedaba alma, ni voz.
Y me rompí en pedazos.
